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La Coctelera

Contra la destrucción

o entre sus brazos

Categoría: 3 - Personajes

3 Octubre 2005

El catedrático

Son las 8 y media de la mañana, caras de sueño en el aula, primer día del curso. Lo habitual es que los profesores lleguen un cuarto de hora tarde, es lo habitual, ellos dirán normal, “es norma de la casa”. Claro que el cuarto de hora “académico” se suele convertir en veinte o veinticinco minutos.

Rozando ya las nueve entra el catedrático, sonríe, su dentadura es irreal, prominente, exacta. La mirada del profesor se extiende por el aula, el viejo habla como buscando afectos, complicidades falsas, vaguedades con voz experta e impostada. Le gusta oírse, ríe y en ocasiones duda, es sordo de un oído.

Masca chicle, los chasquiditos se combinan con su pronunciación de eses sordas y sonoras, consonantizan las vocales, enturbian el oído, molestan, casi duelen.

“Cuesta empezar el curso. No empezaremos hasta la semana que viene”, entre chasquidos y saliva el profesor repite “cuesta empezar, siempre cuesta”. La mañana se pone gris de internas nubes. El viejo se apoltrona, no calla, pero no dice nada que resulte especial o interesante. La asignatura era de otro profesor, pero no avanzaba, el hablaba de… aunque hubiera hecho otra cosa… claro, y quién no.

Él hará otra cosa y abrirá muchos paréntesis, el profesor al que se refiere no queda muy bien parado, “pero somos muy amigos, ya veréis, en esta carrera hay muy buenos profesores, los del Departamento, luego están los otros… Los otros, ¿qué diremos? Sí, hay profesores muy buenos y otros… buenos… ¿no?, ya lo veréis”. Se ríe, la dentadura, el chicle, la mirada.

“Cuando yo estudiaba…” Las divagaciones son cada vez más extensas, llegan las fotocopias con la bibliografía del curso, las ediciones recomendadas.

Unos días antes, en un artículo publicado en la prensa, el catedrático se había despachado a gusto con un escritor al que acusaba de estropear a la juventud. Un tipo, según él, mediocre y casi peligroso. La reseña empieza diciendo: “Hay libros […] que han hecho un daño a la humanidad que nadie se imagina: son libros como el Emilio de Rousseau, o como Así habló Zaratustra de Nietzsche, que han impregnado a diversas generaciones de lectores jóvenes de una especie de candidez orientalizante, vegetariana y naturista, alejándolos de toda consideración racional y sensata de la débil y perpleja situación en la que se encuentran frente los retos enormes de la vida adulta. Forman parte de esta serie El lobo estepario y Siddartha, de Herman Hesse, que fueron míticos en los años setenta, y aún envenenan en nuestros días la vida y los anhelos de mucha gente desorientada, o, digámoslo benévolamente, los llenan de una fina candidez que, unida a los olores de las barritas de incienso que queman con aromas de Oriente […] y un porro de vez en cuando, los convierten en unos perfectos ilusos para toda la vida.”

El catedrático, tan racional y sensato, afirma que todo se aprende cuando se acaba la carrera y sigue con sus batallitas ante un público joven al que, evidentemente, no le conviene Herman Hesse ni, por lo visto, el temario de la asignatura. Acabada la sesión, el profesor abandona el aula, pienso que hay ocasiones que invitan a fumar.

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