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La Coctelera

Contra la destrucción

o entre sus brazos

12 Noviembre 2005

Y hablando de educación un poco en serio…

Al margen de la cuestión católica, que es ya casi una anécdota por el empecinamiento de la Iglesia en divorciarse de la sociedad, y de las acciones de la derecha de toda la vida, la cuestión es que la nueva ley de educación no es buena, como no lo fueron las anteriores.

El principal problema radica en una clara falta de voluntad política y en ciertos intereses ocultos.

Por un lado tenemos una educación pública mal estructurada y un sistema ilógico de funcionarios que, salvo excepciones, no se diferencian mucho de los que te atienden en una ventanilla. Ni siquiera aceptan ya la responsabilidad de los resultados ante las pruebas de acceso a la Universidad.

Por otro tenemos el problema de unos padres desorientados que, por falta de preparación o de tiempo, piensan que son los políticos y los profesores quienes deben solucionar el problema.

Por último, unos alumnos que arrastran las consecuencias de la poca preparación psicológica y pedagógica de los profesores, de una cierta y posiblemente involuntaria desatención por parte de sus padres, y que ven unas perspectivas de futuro lamentables.

Existe una cultura de la evasión totalmente arraigada, precisamente porque ni los políticos, ni los profesores, ni los padres se muestran como modelos válidos.

Por otra parte está aquello de los “intereses”, que consiste básicamente en seguir simulando una cierta igualdad de oportunidades, pero volver a lo que algunos consideran que es la solución ideal: la Universidad para los ricos y para los superdotados que puedan aparecer entre las clases menos favorecidas.

Así se utiliza el espíritu del sistema europeo de forma que las carreras pasen a ser de tres años, no para favorecer el acceso al trabajo o la movilidad entre universidades del mismo o de diferente país, sino para que sean necesarios los másters, posgrados o doctorados (por haber vaciado de contenidos las carreras) y que todos sean de pago. Se consigue de esta manera una parte de los citados intereses ocultos y, además, el ir solucionando por la vía rápida el problema de la financiación de la universidad pública.

Ahí estamos, con una enseñanza secundaria que no se ha adaptado a los nuevos tiempos, con un nutrido grupo de profesores que saben menos de las nuevas tecnologías que sus alumnos; con unos problemas de violencia que nadie se atreve a afrontar con decisión; con unos programas demenciales que no están destinados a favorecer la adquisición de técnicas de aprendizaje, ni a que los alumnos aprendan a pensar y puedan desarrollar criterios propios; y con unos políticos que no reconocen no saber nada del asunto y que no ceden su sitio a los expertos, que los hay, para la creación de un sistema que funcione.

Cada ley es un nuevo parche que redunda en el deterioro de la enseñanza pública y que tampoco favorece a la privada, porque ésta sigue estando lastrada por una derecha cerril y con demasiadas nostalgias y una Iglesia católica que nos condena al retraso, otro gallo les cantaría a Gran Bretaña, a Estados Unidos o a Alemania si hubieran tenido la bendición del Papa de Roma, Francia es un caso aparte por su laicismo secular que ha sabido resistir las presiones o cortarlas de raíz cuando ha sido necesario.

En la enseñanza secundaria, a pesar de lo dicho, hay buenos profesionales, mejores en muchas ocasiones a los que ofrece una Universidad endogámica y feudal (sólo hay que ver las estructuras).

La gran desgracia es que la izquierda no existe, es ya un concepto histórico, en España tenemos centro-derecha y derecha (IU, PSOE, y otros) y derecha cerril (PP, con alguna excepción como la de Ruiz Gallardón, y otros partidos que es mejor no recordar, incluyendo en el grupo cerril a personajes como el presidente de Extremadura o el Sr. Bono).

Hace falta valor y diálogo con algunos sectores, eliminar el sistema funcionarial o supeditarlo a unos controles de calidad rigurosos, la cultura del esfuerzo debe empezar por los políticos y por los profesores (los primeros no asisten ni al parlamento, los otros se han instalado ya en una depresión unas veces real y otras fingida y cómoda), permitir que los profesores puedan volver a ganarse el respeto de su alumnos, predicar con el ejemplo, crear programas rigurosos y asumibles (la información disponible hoy día es inabarcable, no puede estar toda en los programas, sólo hay que enseñar a localizarla y seleccionarla) y olvidarse del consenso, porque la derecha vive en otro país y sus hijos estudian en el extranjero.

Y muchas cosas más, pero yo no soy un entendido y estas líneas están escritas con demasiada prisa.

Hace falta una revolución en la enseñanza española, pero en este país eso es pedir peras al olmo.

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